El cáncer no espera. El sistema de salud colombiano sí
Hay enfermedades que se combaten con medicamentos. Otras, con cirugía. Pero hay una en Colombia que parece combatirse con paciencia. Y no una paciencia voluntaria, sino impuesta por un sistema que convierte la incertidumbre en parte del tratamiento. Todo comienza con una citología. Un examen sencillo, de rutina, que millones de mujeres se realizan convencidas de que la prevención salva vidas. Sin embargo, el verdadero recorrido apenas empieza cuando aparece una alteración. Veinte días hábiles para conocer el resultado. Después, alrededor de quince días más para conseguir una cita con el ginecólogo que explique qué significan esas palabras técnicas que nadie quisiera leer en un papel. Luego otros diez días para acceder a una colposcopia y, si es necesario, a una biopsia.
Finalmente, quince días hábiles adicionales para conocer el diagnóstico definitivo y luego de ello, otros 10 días para que den lectura a los resultados. En el mejor de los casos, han transcurrido dos meses. En el peor, mucho más. Dos o tres meses durante los cuales el cuerpo espera, pero la mente no. Porque el Virus del Papiloma Humano no produce únicamente lesiones físicas. Produce preguntas. Produce miedo. Produce noches sin dormir. Produce una ansiedad silenciosa que el sistema de salud parece incapaz de medir, aunque haga parte del sufrimiento de miles de mujeres y se supone que uno de los principales temas a controlar para que se vaya el virus es “el estrés”. Mientras la burocracia avanza a paso lento, la paciente aprende, casi siempre sola, el significado de palabras como colposcopia, NIC, lesión de alto grado, biopsia, carcinoma o VPH 16. Empieza a buscar respuestas en internet, donde abundan más los temores que la información responsable. Y descubre algo desconcertante: no existe un medicamento que elimine el virus. Lo que hacen los médicos es vigilar, controlar y tratar las lesiones que eventualmente pueda producir, todo ello bajo procedimientos dolorosos que las mujeres solo deben “relajarse para que el cuerpo no se tensione y duela menos”. Es decir, la ciencia ha avanzado enormemente en entender el virus, pero el sistema sigue siendo lento para enfrentarlo. Paradójicamente, el mayor avance en la lucha contra el VPH no está en el tratamiento sino en la prevención. La vacuna ha demostrado ser una de las herramientas más eficaces para disminuir el riesgo de desarrollar cáncer de cuello uterino y otros cánceres asociados al virus. Colombia la incorporó al Programa Ampliado de Inmunizaciones en 2012 y la garantizó por ley, inicialmente para niñas en edad escolar. Pero esa política pública dejó por fuera a toda una generación de mujeres que ya eran adultas cuando la vacuna llegó al país. Hoy, ellas deben asumir el costo por cuenta propia. Y ahí aparece otra barrera. Una vacuna que puede costar alrededor de 1 millón de pesos por dosis (dependiendo de la institución donde se aplique), resulta inaccesible para buena parte de la población. Incluso personas con medicina prepagada deben pagarla de manera particular si desean acceder a ella. La prevención, entonces, deja de ser un derecho y empieza a parecer un privilegio. Resulta inevitable preguntarse si realmente estamos entendiendo el cáncer de cuello uterino como un problema de salud pública o simplemente como un asunto clínico. El problema no es únicamente cuánto tarda una paciente en llegar al resultado de una biopsia.
El real problema es cuánto tarda un país en comprender que detrás de cada examen pendiente, hay una mujer intentando seguir con su vida mientras imagina todos los escenarios posibles. No parece razonable que, en pleno 2026, una paciente tenga que esperar semanas para avanzar de un examen al siguiente cuando se trata de descartar un cáncer potencialmente prevenible. Que no pueda, por ejemplo, acceder a una biopsia urgente cuando el riesgo en exámenes previos ya es inminente, si no que tenga que hacer todo el proceso como si se tratara de un cólico común y corriente, mucho menos razonable me parece, que el acceso a una de las herramientas preventivas más eficaces dependa, en buena medida, de la capacidad económica de quien la necesita. Nadie pretende desconocer las limitaciones del sistema de salud colombiano, ni el enorme esfuerzo de médicos, bacteriólogos, patólogos y especialistas que trabajan diariamente bajo alta demanda. El problema no es el talento humano. Es un modelo de atención que sigue fragmentando el proceso diagnóstico en una sucesión interminable de autorizaciones, muchas veces, cancelaciones porque somos humanos y los especialistas tienen su vida propia, tiempos muertos, entre otros.
Lamentablemente para las pacientes, el cáncer no entiende de agendas administrativas. Las lesiones Muchas mujeres esconden el precancerosas tampoco. Y aunque muchas infecciones por VPH desaparecen espontáneamente gracias al sistema inmunológico, otras evolucionan en silencio. Precisamente por eso la detección y el seguimiento oportuno son la diferencia entre un procedimiento ambulatorio y una enfermedad que puede cambiar una vida. Tal vez ha llegado el momento de que el país deje de medir únicamente cuántas citologías realiza cada año y empiece a preguntarse cuánto tarda realmente una mujer en obtener respuestas. La prevención no termina cuando se toma una muestra. Comienza, de verdad, cuando el sistema responde con la rapidez que la incertidumbre merece. Pero hay otra carga de la que casi nadie habla. El VPH sigue siendo una enfermedad rodeada de silencios. Aunque se estima que la mayoría de las personas sexualmente activas entrarán en contacto con el virus en algún momento de su vida, en Colombia el diagnóstico todavía suele recibirse como una confesión vergonzosa, más que como una condición médica. El origen sexual del virus ha hecho que durante décadas se le mire desde la moral y no desde la salud pública. diagnóstico incluso de su pareja, de sus padres o de sus amigas. Otras cargan con preguntas que nunca deberían hacerse: «¿Quién me contagió?», «¿Qué hice mal?», «¿Qué van a pensar de mí?». Como si recibir un diagnóstico implicara rendir cuentas sobre la vida íntima. Lo paradójico es que el estigma produce exactamente lo contrario de lo que la salud pública necesita. El miedo a ser juzgadas hace que muchas mujeres pospongan la citología, eviten consultar cuando aparecen síntomas o vivan el proceso en absoluta soledad. El silencio termina convirtiéndose en un factor de riesgo. Mientras el cáncer de mama logró instalar conversaciones abiertas sobre prevención, autoexamen y diagnóstico temprano, el VPH continúa atrapado entre los prejuicios. Se habla poco en las familias, poco en los colegios, poco en los medios de comunicación y, en ocasiones, incluso poco en los consultorios.
Pareciera que seguimos sintiendo más incomodidad al hablar de sexualidad que preocupación por prevenir uno de los pocos cánceres que, detectado a tiempo, puede evitarse. Quizá esa sea la contradicción más dolorosa: el virus más común de transmisión sexual sigue siendo, al mismo tiempo, uno de los menos conversados. El cáncer de cuello uterino no debería seguir siendo una enfermedad atravesada por dos condenas: la lentitud del sistema de salud y el silencio de la sociedad. Mientras una retrasa el diagnóstico, la otra retrasa la conversación. Y ambas, de distintas maneras, terminan poniendo en riesgo la vida de miles de mujeres. Ha llegado el momento de dejar de hablar del VPH en voz baja ya que, cuando una enfermedad se convierte en tabú, el miedo ocupa el lugar de la información y el conocimiento, y pocas cosas resultan más peligrosas que un sistema que tarda en responder y una sociedad que todavía teme preguntar.
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